viernes, 9 de septiembre de 2016

Crónica Triatló Internacional de Balaguer

Como la mayoría de vosotros ya sabéis, el pasado sábado 27 de agosto participé, un año más, en el Triatló Internacional de Balaguer, una de las pruebas de media distancia más duras que hay dentro del panorama nacional si atendemos a los recorridos de la misma y a la época del año y el lugar donde en la que se disputa. Además, y por si fuera poco, esta edición iba a dar comienzo a una hora algo extraña, las doce del mediodía, con lo que íbamos a estar compitiendo durante las horas más calurosas del día.

Con este cambio de horario (en años anteriores empezamos a las tres de la tarde) y teniendo en cuenta que el día de la carrera lo menos aconsejable es ir con prisas y con el tiempo pegado, decidimos irnos el viernes a Balaguer y pasar la noche allí. Fue una buena decisión ya que el sábado pudimos tomárnoslo todo con mucha calma. No tuve que madrugar, desayuné sin prisas y tanto la T2 (en Balaguer) como la T1 (en el pantano de Sant Llorenç de Montgai) me quedaron muy a mano.

Poco después de terminar de desayunar, llegaron a Balaguer Xavi y su familia y juntos fuimos a dejar las cosas necesarias para correr en la T2. A continuación, nos fuimos hacia el pantano donde estaba situada la T1 a terminar de preparar los últimos detalles. Eran más o menos las once de la mañana y el calor ya estaba apretando de lo lindo. Las previsiones se estaban cumpliendo y tocaría competir a una temperatura cercana a los 35ºC. Era lo previsto y muy parecido a lo que pasó el año pasado, aunque esta vez con el añadido de que la carrera empezaba tres horas antes por lo que, si se cumplía la lógica, iba a empezar a correr a una hora malísima. De todas formas, todo esto ya lo sabía e iba mentalizado para ello. Era la tercera vez que iba a Balaguer y teniendo en cuenta la “carnicería” del año pasado, donde abandonaron alrededor de un 20% de participantes, no se podía esperar otra cosa. Simplemente habría que adaptarse a las condiciones, hidratarse correctamente y dosificar esfuerzos.

Cuando se fue acercando la hora de salida, Xavi y yo nos pusimos el neopreno y nos despedimos de los nuestros. El recorrido era el mismo que el año pasado, a dos vueltas y algo más largo de 1.900 metros. No éramos muchos participantes, máximo unos 180, por lo que en teoría la natación tampoco tendría que ser demasiado complicada en cuanto a golpes. Salimos desde el agua y a las doce, puntualmente, se dio el tiro de salida. Al no haber calentado, para variar, las primeras brazadas fueron algo más suaves, sin volverme loco e intentando encontrar una buena cadencia de braceo. Me costó un poco al principio pero en pocos minutos empecé a sentirme algo más cómodo. Los primeros metros los nadé junto a Xavi aunque enseguida nos perdimos de vista. En general me sentí muy bien en el agua. Como siempre fui conservador, centrándome en aprovechar bien las brazadas y en no llevar demasiada mala técnica. La primera vuelta la terminé en unos dieciséis minutos y medio, cosa que me animó. A diferencia de otras veces, la segunda vuelta se me hizo algo más corta, no sé si porque hice varios intentos de coger pies y eso me mantuvo entretenido. El caso es que a pesar de ir un pelín más lento (creo), se me pasó volando y salí del agua en poco más de 34 minutos (34’51” hasta que pasé por la alfombra), haciendo el parcial 53º.



En la T1 no fui rápido, vamos, como siempre. Lo peor de todo es que no tengo esa sensación de ir tan lento ni de perder tiempo en tonterías. Hago lo mínimo pero lo debo hacer mucho más lento que el resto. No sé si empezar a entrenarlo en serio o dejarlo por imposible. En total tardé unos cuatro minutos y debí perder unas diez posiciones más o menos, aunque enseguida estuve encima de la bici. Y ahí tampoco empecé bien. Me costó arrancar a pesar de hacer los primeros kilómetros de bajada. No notaba las piernas todo lo ágiles que me gustaría pero decidí no impacientarme y darme tiempo con la esperanza de que poco a poco todo se pusiera en su sitio. El circuito de bici este año era nuevo y constaba de tres puertos, el primero de ellos sí que coincidía con el de ediciones pasadas, aunque no llegábamos a Àger y dábamos la vuelta un poco antes de Vilanova de la Sal. El otro puerto, que hacíamos dos veces (una del derecho y otra del revés) consistía en subir hasta pasado Fontllonga, dirección Tremp, pasando por Camarasa. El primer puerto se me pasó rápido a pesar del calor y de ir todo el rato con sensación de sed. Superado ese primer escollo empecé a notar las piernas algo mejor. Lo bueno de este cambio de recorrido es que bajando del primer puerto y antes de comenzar el segundo, volvíamos a pasar por el pantano donde habíamos nadado y donde se quedaron todos los acompañantes para vernos pasar en bici. Cuando pasé por ahí vi a Arancha y a Iker, y a la familia de Xavi. Les saludé, me puse “guapo” para la foto, y seguí mi camino. 

Hasta Camarasa la carretera no estaba demasiado fina, aunque por suerte no tuve ningún susto en forma de pinchazo. A partir de ahí, empezaron interminables subidas y carreteras muy anchas sin nada de sombra que se hicieron durísimas. Pero bueno, por llevar la contraria al resto, cuando vi que todo el mundo empezaba a pasarlo mal y a tener que bajar el ritmo, yo me fui yendo arriba y empecé a encontrarme más suelto. Subí la primera vez hasta Fontllonga con un pedaleo bastante ágil, ganando alguna posición que esta vez no perdí bajando. Pero mi mejor momento sobre la bici llegó al dar la vuelta y volver a encarar la (última) subida a Fontllonga por el lado donde pocos minutos antes habíamos bajado. Me sentía bien y empecé a pedalear con fuerza todo el tramo de subida, hasta que en un momento miré hacia atrás y me vi completamente solo. Eso me animó y me dio por pensar que no lo estaría haciendo tan mal. Al terminar la subida y llegar al último avituallamiento cogí isotónico (falta me hacía) y un trozo de plátano para encarar lo que me quedaba de tramo ciclista.

Llevaba unos 60 kilómetros y lo difícil (en teoría) ya estaba superado. Ahora tocaba encarar los últimos 25 kilómetros donde me encontraría algún que otro tobogán pero que en su mayoría eran de bajada. De ahí hasta el final fui en la más absoluta soledad. Sólo a falta de siete u ocho kilómetros alcancé a otro triatleta que no llevaba demasiada buena cara. El tramo ciclista había sido realmente duro (aunque creo que con algo menos de desnivel que en ediciones anteriores) y ahora tocaba encarar la carrera a pie, que sería la encargada castigar a quien se había pasado de vueltas en la bici. Mi tiempo total de T1 más bici fue de 3h03’00”, marcando el parcial 47º.
 



Si os soy sincero, me bajé de la bici sin demasiadas ganas de correr. A pesar de ser mi parte preferida y a la que normalmente llego con más hambre, en Balaguer no fue el caso. Eran las cuatro menos veinte de la tarde y hacía un calor increíble. Balaguer a aquella hora era un auténtico horno y desde el primer momento tuve claro que iba a ser una carrera a pie de superviviencia, que no era día para forzar más de la cuenta y que lo mejor era olvidarse de ritmos y otras historias. Así, con esa desgana (y ese calor) empecé a correr por la orilla del río Segre en un recorrido a tres vueltas parecido al de otros años pero con alguna pequeña modificación. También se ha de decir que el circuito no era especialmente rápido, había muchos giros, tramos de piedras sueltas, césped con algo de barro, escaleras… que lo hacían entretenido pero no invitaba a poder llevar un ritmo constante ni alto. A pesar de todo, creo que me defendí bastante bien y corrí a ritmos medianamente decentes muchos kilómetros, aunque también es verdad que paré en cada avituallamiento con manguera para darme una ducha express y eso me hizo perder más tiempo de lo habitual. Perdí tiempo pero valió la pena. Llegar a esos avituallamientos era como encontrar agua en mitad del desierto y de las pocas cosas que te medio consolaban ante la que estaba cayendo.

Cuando me disponía a empezar la tercera vuelta vi llegar a Xavi a la T2. Había pinchado en bici y la cosa se le había alargado un poco. Lo menos malo para él es que empezaría a correr con algo menos de calor. Personalmente, la tercera vuelta fue la menos dura psicológicamente hablando. A falta de seis kilómetros y pico para el final empecé a ver que eso ya estaba hecho y sólo faltaba rematarlo. Sin haber hecho la carrera de mi vida estaba satisfecho por haber sobrevivido de nuevo a este duro triatlón y estaba prácticamente convencido que el resultado de este año iba a ser algo mejor que el del año pasado. De ahí hasta el final seguí corriendo con cabeza, sin forzar, sin correr riesgos innecesarios y deseando llegar a los metros finales para compartir mi llegada a meta con Iker.






 
Y así fue. Cuando llegué a los alrededores del pabellón municipal (la meta este año estaba dentro del recinto) vi a Arancha con Iker y le cogí de la mano. Aún faltaban bastantes metros para llegar a meta pero para que le diera tiempo a Arancha a llegar para hacernos la foto compartí bastantes metros con él caminando. Daba igual el tiempo o las posiciones que perdiera, era un momento bonito y quería compartirlo con él. No sé que le pasará por la cabeza pero es curioso como mira a la gente que aplaude y que anima cuando estamos a punto de terminar la carrera. Así, de esa manera, disfruté de los últimos instantes de carrera con Iker y juntos cruzamos el arco de meta en un tiempo final de 5h14’17” (1h36’26” de carrera a pie, marcando el 25º mejor parcial), terminando en la 34ª posición (resultados).

En líneas generales terminé contento pero esperaba haberlo hecho algo mejor en la carrera a pie. De todas formas, Balaguer no tiene mucho que ver con la mayoría de triatlones y las condiciones que nos solemos encontrar allí cada año son realmente duras. Como muestra, los más de 20 triatletas que abandonaron la prueba. Poco más que añadir. Xavi volvió a demostrar, igual que el año pasado, que a pesar de su juventud y de no llegar en plena forma a la carrera, tuvo el coraje de terminar a toda costa y finalizó su carrera en 7h38’45”. Enhorabuena! Ahora a por Berga. Seguro que saldrá mejor.



Y por último, antes de terminar y dejaros los resultados del Garmin, quiero dar las gracias a los supporters que nos ayudaron y acompañaron a lo largo del día: Lidia, Laia, Ivet, Javi, Arancha e Iker. Un placer teneros cerca. Así todo es más fácil y más agradable.

Ahora sí, no me enrollo más. Os dejo aquí los resultados del Garmin. Salen dos minutos menos porque en la T1, cuando estaba quitándome el neopreno, apreté sin querer el botón del reloj y se me quedó parado hasta que salí en bici. Por lo demás, todo coincide bastante bien. Ahora ya toca pensar en Berga, donde cerraré la temporada de triatlón y empezaremos a pensar en lo que se nos viene encima en los próximos meses.

jueves, 11 de agosto de 2016

Crónica 39ª Cursa de l'Espluga de Francolí

Tras dos años de ausencia (2014 y 2015), el pasado 30 de julio volví a participar en una de las carreras clásicas de cada verano, la de l’Espluga de Francolí (15K). Como muchos ya sabéis porque lo habéis sufrido en vuestras carnes, es una carrera complicada tanto por el calor que siempre suele hacer allí como por su recorrido, con unos primeros kilómetros de subida muy exigentes. Para este año tenía entre ceja y ceja bajar de la hora. Mi mejor marca hasta la fecha la conseguí en 2013 y por aquel entonces paré el crono en algo más de una hora y un minuto. Sabía que el objetivo no era fácil pero tenía esa idea en la cabeza.

A diferencia de otros años, en los que llegábamos con mucho tiempo, esta vez Arancha, Iker y yo llegamos a l’Espluga más bien justos. La carrera empezaba a las siete y hasta unos veinticinco minutos antes de dar la salida no llegamos allí. Tuve el tiempo justo para recoger el dorsal, ir a dejar la mochila en el guardarropa e irme a colocar en la salida. Allí enseguida me encontré con Carles y pensé que sería una buena referencia ir con él o, por lo menos, tenerle lo más cerca posible. Si tenía dudas sobre mí, sobre él no tenía ninguna y sabía que bajaría de la hora con algo de margen. De hecho, estaba prácticamente seguro que, salvo sorpresa, haría mejor tiempo él que yo.

A las siete, según lo previsto, dio comienzo la carrera. Es una carrera de las importantes, con bastante gente pero, sobre todo, con mucho nivel. Como no nos pudimos colocar en primera línea de salida, decidimos empezar bastante fuertes para hacernos un hueco lo más pronto posible. Quizás nos pasamos (aunque los primeros metros fueron de bajada), pero el primer kilómetro por dentro del pueblo salió a 3’24”. Tras ese primer kilómetro de “calentamiento” empezaba lo realmente duro. Teníamos por delante ocho kilómetros seguidos de subida constante con tramos realmente duros y mucho calor. El segundo y el tercer kilómetro aún conseguí pasarlos por debajo de 4’/km pero las sensaciones no eran buenas. Me notaba falto de chispa. Carles poco a poco me fue ganando metros y aunque no lo perdí de vista en ningún momento preferí no forzar. No iba nada cómodo y estaba sufriendo más de lo esperado, así que no era el momento de hacer locuras y preferí centrarme en mi carrera. Los kilómetros 4 y 6 fueron especialmente duros, con unos 30 metros de subida cada uno. Hasta ese momento los kilómetros más lentos habían sido alrededor de 4’20”/km pero en el sexto la cosa se me disparó hasta 4’35”. No suelo tener según que tentaciones compitiendo pero en esta ocasión se me pasó por la cabeza parar a caminar y/o aflojar mucho el ritmo. Por si no ha quedado claro, estaba sufriendo mucho y ni las piernas ni la cabeza funcionaban como esperaba.

Durante esos kilómetros de subida, donde me costó mucho mantenerme en ritmos medianamente decentes, aproveché para recapacitar un poco y ser consciente de que lo raro hubiera sido ir cómodo y disfrutar. Y no lo digo como excusa, sino como la realidad. Desde el Ironman de Niza no estoy entrenando del todo bien. Han influido muchos factores como las semanas de vacaciones, la ganas de descansar, de tomarme los entrenamientos de forma menos seria, de saltarme más sesiones de la cuenta… El resultado es que llevo desde mediados de junio entrenando a medio gas, siendo benevolentes. Me he acomodado (consciente y temporalmente) un poco y se nota. Aquí nadie te regala nada.

A pesar de estar corriendo con esos pensamientos negativo/realistas, conforme se fue acercando el giro y, por consiguiente, los kilómetros de bajada, empecé a ver las cosas de otra manera. Salió mi vena más positiva. Miré mi Garmin y el ritmo medio que llevaba no era para nada malo y lo de bajar de la hora era más que factible si hacía unos buenos kilómetros finales. Antes de terminar el kilómetro nueve llegó el giro y, de la misma forma que otros años cuando llegaba a este punto tenía la sensación de haber terminado  ya la carrera, este año no fue así. En ese momento decidí que, ya puestos, por mucha bajada que hubiese iba a intentar mantener ese nivel de sufrimiento y de exigencia que había aguantado durante la subida. Quería comprobar hasta donde me acompañaban las piernas.

Aquí empezaba, por llamarlo de alguna manera, la segunda parte de esta dura carrera. En esta ocasión no me valía simplemente con dejarme llevar por el terreno favorable, quería seguir apretando y seguir sufriendo como lo había hecho durante la subida y correr muy rápido. Para mi sorpresa, al poco de empezar a bajar, noté que o Carles estaba aflojando o que yo lo estaba haciendo realmente bien. Fui recortando distancias poco a poco hasta llegar a adelantarle a él y a otro corredor más. Pasé el kilómetro diez a 3’41” y el once algo más lento, en 3’53”, ya que hubo un pequeño tramo de sube-baja. Pasado esto ya sí, por delante cuatro kilómetros de fuerte bajada donde habría que echar el resto hasta meta.

Como ya he dicho antes, en esta ocasión los kilómetros con desnivel negativo no me los tomé como un regalo como otras veces. Durante la bajada mantuve una intensidad muy alta y, para ser sinceros, se me hicieron muy largos. Estaba deseando llegar a meta y terminar con esa agonía más que nunca. La parte positiva es que bastante antes de terminar, ya era consciente de que iba a cumplir con el objetivo con cierto margen. Aún así, no me relajé. Esos metros finales los corrí con la sensación de estar haciendo una de las mejores carreras de mi vida, y eso que al principio me había estado lamentando por llevar unas semanas sin entrenar como debía y por no poder correr todo lo rápido y cómodo que me hubiese gustado

Finalmente paré el crono en un tiempo de 58’48”, haciendo esos últimos cuatro kilómetros a un ritmo medio cercano a 3’30”/km y terminando en una gran 29ª posición (19ª de mi categoría) de 431 llegados a meta (resultados), que teniendo en cuenta el nivel que había es como para estar muy satisfecho. Como ya he dicho, creo que esta 39ª edición de la Cursa de l’Espluga pasará a ser una de las mejores carreras que he hecho nunca. Supe sufrir en todo momento y no perder la calma cuando las cosas no iban del todo bien. En definitiva, puedo decir que hice una carrera de la que terminé orgulloso al margen de que llegara en un estado de forma mejor o peor.

Por su parte, Carles llegó poco después que yo (59’31”), logrando el segundo puesto de su categoría (sub 23). No me cansaré de decirlo, este chico si sigue así dará mucho que hablar en poco tiempo. Y en cuanto a mis compañeros y amigos del equipo, a los que no vi antes de empezar, todos muy bien: David 1h04’00”, Aleix 1h09’21”, Jordi 1h12’27”, Pep 1h15’46” y Eva 1h19’02”. Al final pudimos hacer foto de equipo.

Poco más que decir. A la espera de que se publiquen todas las fotos de la carrera, de momento os dejo unas pocas y aquí los detalles de la carrera del Garmin. Ahora ya toca pensar en los siguientes compromisos: Triatló Internacional de Balaguer (27/08) y Sailfish Berga (18/09). 



viernes, 29 de julio de 2016

Crónica Cursa Nocturna Sant Jaume

El pasado viernes 22 de julio, tocó volver a colgarse de nuevo un dorsal en una carrera en la que todavía no había participado. Se trataba de la Cursa Nocturna de Sant Jaume, en Reus y sí, como su propio nombre indica, era nocturna y daba comienzo a las nueve y media de la noche. Teniendo en cuenta el calor que había hecho a lo largo de toda la semana, todo hacía indicar que lo pasaríamos mal, aunque no contábamos con que el destino nos tenía reservada una pequeña y no del todo agradable sorpresa.

Arancha, Iker y yo llegamos a la zona de salida con tiempo. Recogí el dorsal rápido y nos fuimos a dar un paseo por la feria que había en los alrededores de la salida y, de paso, esperar a Xavi y David, que también iban a correr. Mientras hacíamos tiempo nos encontramos con Aleix, otro compañero de equipo, y Miki, que después de algunos meses lesionado volvía a ponerse un dorsal.

Enseguida nos encontramos y, aún con tiempo, nos fuimos a calentar tranquilamente. Aunque hacía calor, el cielo estaba muy nublado y poco a poco fueron apareciendo unas nubes negras que no tenían muy buena pinta. En pocos minutos empezó a llover ligeramente y a soplar algo de viento. En un principio pensamos que nos vendría hasta bien pero justo antes de empezar a correr (parece nos estaba esperando) la lluvia empezaría a ir a más. En condiciones normales, aunque a esa hora ya se había puesto el Sol, aún debería haber habido algo de claridad, pero con tanta nube la verdad es que costó ver ya desde el principio.

Por mi parte afrontaba con dudas esos 10 kilómetros. Tenía toda la pinta de no ser una carrera fácil ya que había algo de desnivel y zonas de tierra, así que entre eso y como pintaba la cosa al empezar a llover, decidí ser un poco más conservador y acompañar a David en su intento de bajar de los 40 minutos. Por su parte, Xavi saldría un poco más tranquilo.

Poco antes de las nueve y media de la noche dieron el pistoletazo de salida y empezamos a correr. David y yo salimos fuertes, a un ritmo más alto de lo necesario para lograr ese sub 40’ con el fin de tener luego algo de margen. Al poco de empezar se nos enganchó Miki y, junto a él, otro corredor. Los dos primeros kilómetros salieron a un ritmo cercano a los 3’50”, pero a partir de ahí empezó el diluvio universal y todo cambió. En ese tercer kilómetro comenzó una nueva carrera donde lo de menos era estar pendiente del ritmo y bastante teníamos con saber por donde metíamos los pies.

Y si no tenía bastante con la lluvia, en ese “fatídico” tercer kilómetro y como consecuencia de haber pisado varios charcos y llevar las zapatillas y los pies completamente mojados, noté la extraña sensación de que la plantilla de mi zapatilla izquierda se había desplazado hacia atrás. Al principio pensé que no tendría más importancia pero con el paso de los minutos la sensación fue de cada vez más incomodidad. Iba sin el pie bien sujeto y notaba que los dedos estaban más adelantados de lo normal, con lo cual me estaba rozando con la parte delantera de la zapatilla. Aguanté como pude porque al principio me resistía a parar para no perder tiempo, pero tenía claro que iba a ser muy difícil aguantar así. Finalmente, tuve que parar dos veces, una sobre el kilómetro cinco y otra pasado el siete, para intentar colocar la plantilla en su sitio aunque fueron paradas inútiles, ya que nada más colocarla se volvía a mover. Lo menos malo es que las paradas no me impidieron seguir con el grupo, aunque tuviera que hacer dos cambios de ritmo para engancharme que me castigaron un poco.

A pesar de todas las incomodidades que nos estábamos encontrando, mantuvimos un ritmo más o menos constante durante toda la carrera, exceptuando el séptimo kilómetro donde se nos fue bastante por el tramo de subida que había. A decir verdad, poco me preocupaba a esas alturas nada de la carrera. Iba incómodo y lo único que quería era terminar cuanto antes y esperar que ese problema con la plantilla no tuviera consecuencias negativas para mi pie.

A falta de poco más de un kilómetro para terminar, volvimos al punto por donde habíamos corrido al principio de carrera y nos dirigimos hacia meta. En esos momentos volví a mirar el reloj y sí, íbamos con margen suficiente para conseguir bajar de los cuarenta minutos. No había sido una carrera fácil pero lo íbamos a conseguir. Personalmente, y a pesar de no disfrutar prácticamente en ningún momento de la carrera, estaba contento por haber ayudado en lo que pude a David, aunque en realidad el que corrió y se lo curró fue él, yo sólo hice de acompañante. Por otro lado, mi problema con la plantilla, correr a oscuras (prácticamente ciegas) y la lluvia torrencial que cayó durante la carrera, no hicieron que fuera nada fácil, con lo que aún tuvo más mérito lo que hicimos.

Al final, llegamos a meta con un tiempo de 39’44”, terminando en las posiciones 24 y 25 de la clasificación general de 329 corredores que finalizaron la prueba (resultados). Por su parte, Xavi paró el crono en 46’33” cruzando el arco de meta en la posición 90.

Lo primero que hice al terminar fue descalzarme y hacer una valoración de los daños en mi pie izquierdo. La cosa no tenía demasiada mala pinta aunque todo hacía pensar que alguna uña se vería afectada. Y efectivamente, con el paso de las horas de uña del dedo del medio se me fue poniendo cada vez más negra. Por suerte, la molestia sólo me duró un par de días, pudiendo entrenar con normalidad y pensando ya en la siguiente carrera que será este próximo sábado por la tarde en l’Espluga de Francolí (15K).

De fotos de la carrera mejor ni hablamos. Ni Arancha ni la organización pudieron hacer a causa de la tormenta que cayó y que todavía se alargó un rato más, así que solo os puedo dejar un par de fotos del antes y del después de correr con Xavi y David. Como veréis, esta ocasión corrí con la camiseta de Herbolari Farigola & Romaní (uno de los patrocinadores del club) que no tiene mangas y es más cómoda para correr ahora en verano. Aparte de eso, como siempre, os dejo los detalles de la carrera que podéis ver aquí.


viernes, 8 de julio de 2016

Crónica 10K La Canonja

Otra vez con muchísimo retraso, me pongo a escribir la crónica de la última carrera en la que participé hace ya algunas semanas, en este caso en los 10K de la Canonja que se celebraron el pasado 19 de junio.

La verdad es que no llegaba demasiado bien a la competición. Sólo habían pasado dos semanas desde mi último dorsal en Niza, había estado la semana siguiente al Ironman de reposo absoluto y los días previos a estos 10k me había movido más bien poco. Para rematar, la noche antes de la carrera varios amigos del club me organizaron una especie de despedida de soltero en Salou y llegué a la Canonja habiendo dormido unas tres horas. Con esta mezcla de ingredientes, esperar hacer una buena carrera era casi como esperar un milagro. Quizás en otras circunstancias y ante otra carrera me hubiera quedado en casa durmiendo pero siendo parte del Club Excursionista de la Canonja quería estar allí.

El domingo de la competición apuré todo lo que pude para levantarme, desayuné más tarde de lo habitual y llegué a la Canonja con el tiempo justo para recoger el dorsal con mi hermano y colocarnos en la línea de salida. Una vez más, del calentamiento mejor no hablar.

El recorrido constaba, como cada año, de dos vueltas de cinco kilómetros con constantes subidas y bajadas. Al no saber como iba a responder mi cuerpo se me plantearon dudas antes de empezar, pero al final decidí salir fuerte y en caso de notarme mal aflojar. El primer kilómetro con algo de subida lo pasé en 3’32”, y el segundo, en ligera bajada, en 3’24” corriendo bastante suelto. Me sentía más o menos bien pero sabía de sobra que la gasolina no me duraría toda la carrera. Los dos siguientes kilómetros me mantuve alrededor de 3’40” y el quinto, con final en subida, lo pasé en 3’51”. Hasta aquí, dentro de lo que cabe, más o menos bien, corriendo solo y sabiendo que estaba en una muy buena posición.

En la segunda vuelta cambió un poco la historia y las piernas empezaron a quejarse. En el sexto kilómetro mantuve el ritmo pero en el séptimo, coincidiendo con el tramo de bajada en el que en la primera vuelta había podido correr tan rápido, me di cuenta que iba fundido. Corriendo forzado no pude hacer más que mantenerme a un ritmo justo por debajo de 3’40”, muy lejos (casi 16” más lento) de lo que había hecho al principio de carrera. Aún así, tampoco os voy a engañar, lo di por bueno. En los últimos tres kilómetros fui yendo poco a poco a menos aunque siempre manteniendo un ritmo medianamente alto (3’43”, 3’45” y 3’47”) y sin perder ninguna posición. Llegando a meta hice el último esfuerzo y paré el crono en un sorprendente tiempo de 37’21”, finalizando el 7º de la general, tercero de mi categoría y primero del Club Excursionista La Canonja (resultados).

Siendo sincero conmigo mismo tengo que decir que no me esperaba hacer un tiempo así. Es mi segunda mejor marca en 10k y llegué a la carrera en unas condiciones no muy buenas de cansancio y sueño. Si en la segunda vuelta no hubiera perdido esos poco más de 30” respecto a la primera, estaríamos hablando marca personal.

Para terminar esta breve crónica, os dejo alguna foto corriendo y en el podio y los detalles de la carrera del Garmin aquí.






lunes, 20 de junio de 2016

Crónica del Ironman France Nice

Algo más de treinta y tres semanas hace que empezó mi temporada y que marqué el 5 de junio de 2016 en color rojo en mi calendario. Desde aquel día y como ya sabéis, el Ironman France que se disputa cada mes de junio en la bonita ciudad de Niza se convirtió en mi gran objetivo y toda la temporada iba a girar entorno a él. El camino, como me esperaba, fue duro y complicado, tuvo altibajos, momentos de dudas y de euforia, hubo semanas de no sentirme bien físicamente y otras en las que me sentía capaz de todo, hubo días en los que salir a entrenar me costaba un mundo y otros en los que por muchas horas que pasara entrenando me quedaba con ganas de más, y así podría estar un buen rato para explicaros lo duro y a la vez reconfortante que es preparar un Ironman con ciertas garantías. Aún así, pienso que se entrene lo que se entrene, lo más fácil del mundo es llegar a los días previos a la prueba con la sensación de culpabilidad por no haber entrenado todo lo que se debía y arrepintiéndote por haberte saltado más sesiones de la cuenta. Sea como sea, y aunque esos días te asalten mil dudas, mil miedos y muchas inseguridades, haber hecho las cosas más o menos bien (siempre se pueden hacer mejor) durante el camino que te lleva al Ironman, aunque no te garantice nada, en la mayoría de los casos uno consigue lo que se ha merecido a lo largo de tantos meses de preparación. Durante la carrera pueden pasar mil cosas, sí, pero dejando a un lado palabras como justicia o suerte, sigo convencido de que en este deporte uno recoge lo que siembra en el 90% (o quizás me quedo algo corto) de los casos.

Y así, sin darme cuenta, el día 5 de junio de 2016 llegó. No me hubiera importado que hubiera tardado un poco más por aquello de no verme todavía preparado, pero los últimos meses pasaron en un visto y no visto y no se pudo hacer nada contra eso. El día empezó temprano, demasiado temprano para mi gusto. A las cuatro y media salté de la cama, aunque ya llevaba unos minutos despierto, dispuesto a desayunar y a preparar los últimos detalles. Dormí bastante bien y un número de horas decente teniendo en cuenta que sobre las diez de la noche ya me había metido en la cama. Cuando lo tuve todo hecho, dejé a Arancha y a Iker durmiendo y me fui caminando tranquilamente, por llamarlo de alguna manera, hacia la salida.

En un día normal supongo que a aquellas horas me hubiese encontrado una ciudad todavía dormida y prácticamente desierta, pero aquello no era un día normal. Era un día realmente especial para muchos de nosotros. Con rostros serios y cara de concentración éramos muchos los que a esas horas nos dirigíamos a la zona de boxes para hacer las últimas comprobaciones. Por mi parte fui rápido. Sólo dejé un par de bidones en la bici y comprobé la presión de los neumáticos, nada más. Aún no eran las seis de la mañana y me fui a una zona más tranquila a ponerme el neopreno. Faltaba algo más de media hora para la salida y me lo pude tomar con calma. El ambiente era realmente espectacular con casi tres mil personas dispuestas a enfrentarse a esos 226 kilómetros. Aproveché aquellos momentos de soledad para visualizar la carrera pero, sobre todo, para pensar en lo afortunado que soy en general y en lo mucho que estaba dispuesto a divertirme durante la carrera. Había llegado el día tan esperado, me sentía bien, estaba descansado y con la mente puesta única y exclusivamente en tomarme este Ironman como una diversión, como un juego y como un reto que debía afrontar con calma, con optimismo y con la mejor de las sonrisas. Puede parece una tontería pero esos pensamientos me sirvieron para relajarme y sentirme menos tenso. Cuando acabé de ponerme el neopreno, con la ayuda de un compañero, bajé hacia la playa.

La salida de la natación no iba a ser conjunta como habitualmente, sino que se iba a usar el sistema llamado Rolling Start, consistente en salidas menos masivas cada poco tiempo según los tiempos de natación estimados de cada uno. Tengo que decir que los días antes de la competición, estando aún en casa, cuando recibí el correo de la organización informando de que la salida este año iba a ser así sentí un gran alivio. La salida simultánea de otros años confieso que me daba mucho respeto, por no llamarlo miedo. No quiero ni imaginarme (y por suerte no tuve que vivirlo) lo que podía haber sido salir todos a la vez.

Cuando me tuve que colocar en un cajón admito que dudé. No tenía claro donde meterme, si arriesgarme o ser conformista, aunque sí tenía claro que, dentro de lo posible, quería nadar lo más cómodo posible. Por debajo de 1h06’ me parecía demasiado arriesgado y si no salía fuerte desde el principio podría ser engullido por gente más rápida que yo. En el otro extremo, 1h12’ tampoco me parecía lo más apropiado. Quería ser algo más ambicioso aunque, siendo sinceros, no lo veía con malos ojos. Al final, tomé una decisión intermedia y me metí en el cajón de menos de 1h10’. Toda una declaración de intenciones, dando por bueno todo lo que fuera bajar de ese tiempo.

Metido en el cajón, el siguiente tema fue tener un poco claro el recorrido. Había muchísimas boyas, barcas, kayaks, con lo que la cosa estaba un poco liada, aunque eso sí, seguros íbamos a estar. El principio en teoría no tenía demasiada historia, haciendo un kilómetro en línea recta mar adentro dejando atrás cuatro boyas amarillas y una quinta roja donde debíamos hacer el giro hacia la derecha y la cual desde la orilla apenas se distinguía. El sector natación constaba de dos vueltas en forma de triángulo, una primera de 2.400 metros y una segunda de 1.400, y tenía metida en la cabeza la idea de que entre el final de la primera vuelta y el inicio de la segunda debíamos salir del agua.

Había llegado el momento. Todo estaba listo para empezar y aunque parezca poco creíble, durante esos minutos previos a tirarme al agua y empezar a nadar me sentía muy tranquilo, increíblemente tranquilo. Aproveché para levantar la cabeza y echar un vistazo a mi alrededor. Quería disfrutar del momento, de cualquier pequeño detalle y guardar para mi disco duro de recuerdos todo aquello, ese mar azul en calma en el que en unos instantes nos íbamos a meter para nadar 3.800 metros, a todas esas personas de tantas nacionalidades distintas que tenía a mi alrededor con la misma idea que yo, de todo al público que a esas horas ya abarrotaba el paseo para disfrutar desde fuera de un evento así… No sé, quizás estoy exagerando o simplemente en aquellos momentos estaba más sensible de la cuenta, pero todo me pareció tener un encanto especial. Poco antes de las seis y media de la mañana dieron la salida de los pros y, a partir de ahí, cada poco tiempo, fuimos saliendo el resto de triatletas. Cuando llegó nuestro turno avancé con cuidado sobre las piedras (no quería empezar con mal pie) y me tiré al agua. Enseguida cubrió así que no hubo que caminar demasiado, cosa que en este caso agradecí.

El mar estaba perfecto para nadar, sin olas y con el agua a la temperatura ideal. Empecé a dar brazadas con tranquilidad, respirando bien e intentando buscar un sitio para nadar lo menos acompañado posible. Puede parecer extraño rodeado de tantísima gente, pero diría (o esa es la percepción que me quedó al salir del agua) que fue la natación más cómoda que he tenido nunca. Cero golpes al principio, pudiendo nadar sin agobios desde el principio, con las referencias perfectamente visibles y, además, bien guiado por los triatletas que tuve a mi lado. Qué más podía pedir? Con esos ingredientes la cosa sólo podía salir bien y así fue. Nadé bien, a un ritmo muy bueno dentro de mis posibilidades y con la bonita sensación de estar disfrutando de la natación. Eso no me suele pasar muy a menudo, así que traté de saborearlo y de no tener excesiva ansiedad ni prisa por terminar, sólo de nadar lo mejor posible técnicamente y de no realizar ningún esfuerzo extra que de momento no tocaba. Quizás los peores momentos se vivían en los giros, donde inevitablemente se formaba algún que otro tapón, pero insisto en que no más que en otros triatlones con muchísimos menos participantes. Cuando me quise dar cuenta había terminado la primera de las dos vueltas y llevaba unos cuarenta minutos. Aquella idea inicial que llevaba de salir del agua al final de la primera vuelta, enseguida se desvaneció y siguiendo el rastro de los triatletas que iban delante de mí, vi que las vueltas estaban enlazadas y que no había que salir del agua. Puede que al principio viera con buenos ojos esa idea (equivocada) que tenía con el fin de descansar unos instantes los brazos, pero estando en aquella situación creo que hubiera sido una pérdida de tiempo porque seguramente hubiera perdido un poco el ritmo. Iba muy bien, a un ritmo mejor del esperado y empecé la segunda vuelta sin problemas. A pesar de ser más corta, conforme se acercaba el final de la natación mis ganas de salir del agua fueron en aumento, cosa que hizo que estos 1.400 metros finales se me hicieran tan (o más) largos que los 2.400 iniciales. Hecho el último giro hacia la izquierda, empezamos a nadar en dirección a la playa. Levantando la cabeza de vez en cuando, de lejos se veía el arco de llegada y hasta se escuchaba la música y la voz del speaker. Ahora sí, el final estaba próximo y según mis referencias iba a salir del agua en un tiempo realmente bueno para mí. Cuando llegué a la orilla vi que había voluntarios en el agua que ayudaban a salir, cosa que se agradeció bastante porque la salida era un poco complicada con tanta piedra y en subida. Una vez estuve fuera del agua y empecé a correr por la alfombra, miré el reloj y éste marcaba 1h06’ (oficialmente 1h06’29”), un tiempo muy bueno que me animó bastante y que me hizo empezar el Ironman con muy buen pie. Para ser sincero, mucho mejor de lo que esperaba aunque siendo consciente que podía haber dado algo más de mí y que es un tiempo muy mejorable.




La T1 ya fue otro tema. Si normalmente no soy rápido haciendo transiciones, en Niza la cosa se alargó todavía más. Desde la salida del agua hasta llegar a la zona donde estaban las bolsas con nuestro dorsal había un buen trozo. Lo hice corriendo y adelantando alguna posición, aunque sin volverme loco. Cuando encontré mi bolsa ya me había quitado la parte de arriba del neopreno y el resto del traje me lo quité bastante rápido. Me sequé tranquilamente y hasta me senté en una silla para ponerme los calcetines, las zapatillas, las gafas, el dorsal y el casco. Hecho esto, metí la bolsa donde me indicaron los voluntarios y me fui a por la bicicleta. Como es lógico, el día antes al hacer el check-in memoricé en que pasillo, de entre los más de cincuenta que había, dejé la bici. Concretamente estaba entre el 29 y el 30, así que entré, cogí la bici y seguí corriendo hasta la salida de la transición. Todo esto me llevó algo más de ocho minutos. Admito que no soy rápido en las transiciones y que no hice las cosas rapidísimo, pero tampoco me recreé ni perdí el tiempo, simplemente fue una transición muy larga que, por otro lado, era necesaria para poder dar cabida a los 3.000 triatletas que éramos.

Nada más salir en bici bebí y me comí una barrita. El tema de la alimentación en bici era una de las cosas que más me preocupaba, así que desde el principio quise hacer las cosas bien. Los primeros kilómetros en bici fueron completamente llanos por el Paseo de los Ingleses y hasta el kilómetro veinte fue más o menos así. Allí nos encontramos la primera rampa de unos 500 metros al 10%. Hacía un día extraño, muy nublado y con muchísima humedad. El recorrido a partir de ahí empezó a ser de subida, ligera pero continua hasta más o menos el kilómetro 50, donde comenzaba el largo ascenso de unos veinte kilómetros hasta el Col de l’Ecre. Fue un ascenso largo y a ratos relativamente cómodo, aunque lo mejor de todo fueron las vistas. Zona realmente bonita para contemplarla sobre la bici. Pasamos por unos cuantos pueblos muy bonitos, llenos de animación y tuvimos la suerte de disfrutar de unas vistas impresionantes a lo largo del ascenso. Insisto que la zona me pareció preciosa. En cuanto a mí, fui comiendo y bebiendo cada poco rato. Para beber llevaba Energy Drink sabor mandarina de 226ers que combinaba con agua y sales y para comer llevaba barritas veganas también de 226ers de plátano, avellana y maca además de geles, algunos con cafeína. A partir del tercer avituallamiento también fui cogiendo media banana en cada uno que me comía al momento de cogerlo. Mi intención era la de no llegar al maratón con la sensación del estómago vacío, y puedo decir que la jugada salió más o menos bien.

Sobre el kilómetro setenta y con unas dos horas y cuarenta minutos desde el inicio del sector ciclista coroné el Col de l’Ecre, a más de 1.100 metros de altura sobre el nivel del mar. Durante la subida compartí algún tramo con otro español, Alberto, de Ceuta, con el que intercambié algunas palabras, consejos y ánimos (eso de llevar las banderitas en el dorsal permitía cosas como estas). Superado el puerto “estrella” del recorrido empezaron unos kilómetros muy divertidos con varios toboganes y algunos tramos de bajada muy rápidos. Después de haber leído tanto sobre el recorrido ciclista del Ironman de Niza, sinceramente me esperaba tramos de bajada algo más técnicos y peligrosos. A pesar de eso y siguiendo mi línea, durante las bajadas fui muy prudente aunque no tuviera la sensación de pasar por tramos demasiado difíciles. La verdad es que fue un alivio.

Tras los toboganes y esas bajadas que comento y habiendo superado ya la barrera de los 100 kilómetros, volvimos a encontrarnos otro tramo de subida. Llevaba ya unas cuatro horas sobre la bici pero me encontraba fresco. Para ser sinceros, fui un poco reservón durante todo el tramo de bici, aunque siguiendo con esa sinceridad, he de reconocer que me esperaba el recorrido ciclista algo menos duro en cuanto a desnivel. Sí, sabía que se acumulaban unos 2.000 metros pero tenía la idea de que, superado el Col de l’Ecre, luego todo sería más fácil, no sería tan rompe piernas y se podría rodar algo más rápido de lo que lo hice. Tras superar la subida y hacer un tramo más o menos llano de ida y vuelta, empezó un descenso de más o menos 30 kilómetros. Al inicio de la bajada me alcanzó Alberto, que bajó algo más rápido que yo. Yo me mantuve en mi idea de reservar algo y de no jugármela más de la cuenta. Como he dicho antes, no eran bajadas excesivamente complicadas pero tampoco me permitían ir demasiado tiempo seguido acoplado. Eso sí, el paisaje bajando continuó siendo espectacular. Seguía con la idea de disfrutar de cada momento y de guardar en mi memoria todos y cada uno de los momentos vividos durante ese día.

Durante esos kilómetros “fáciles” de bajada y los siguientes, muy llanos ya de vuelta a Niza que, dicho sea de paso, se me hicieron muy duros, mi cabeza empezó a ponerse en modo maratón. Si algo quería demostrarme en este Ironman era que podía hacer unos buenos 42 kilómetros de carrera a pie. Tenía tantas ganas de empezar a correr que los últimos kilómetros en bici, de nuevo por el paseo de los ingleses, se me hicieron eternos. Al final terminé los 180 km de bici en un tiempo de 5h55’14” con una sensación agridulce. Si miramos la parte positiva de este tramo tengo que decir que reservé bastante y no quise quemar cartuchos antes de tiempo con la idea de hacer después un buen maratón, que dentro de lo malo terminé por debajo de las seis horas y que me lo pasé pipa pedaleando por un recorrido duro, divertido y precioso. Además, creo que comí t bebí lo que debía. Si atendemos a la parte negativa, tengo que admitir que me esperaba un recorrido algo más fácil y, por consiguiente, esperaba sacar una media algo más alta. Pero bueno, eso fue así y ya estaba hecho. Ahora tocaba cambiar el chip y pasar por el momento más duro psicológicamente hablando del Ironman.






Cuando llegué a la T2, hice lo mismo que en la primera transición pero a la inversa. Dejé la bici en su sitio y me fui a buscar la bolsa de correr. Allí dejé el caso, las gafas y las zapatillas de bici y me puse la visera y mis Newton. Antes de salir a correr, fui al baño a mear, ya que en todo el recorrido ciclista no había parado y ya era hora. En esta T2 no tardé tanto como en la primera, pero también fue mucho más tiempo del habitual. Si normalmente tardo cosa de un minuto o minuto y medio, en esta fueron cinco los minutos perdidos.

Pues eso, que tocaba correr nada más y nada menos de 42 kilómetros en un recorrido a cuatro vueltas por el Paseo de los ingleses. El plan que había previsto era salir los primeros kilómetros sobre 4’30”/km y aguantar así mientras durara la gasolina, fueran 12, 15 o, en el mejor de los casos, unos 20 kilómetros, y luego encarar el resto de carrera con la máxima entereza posible. Pero del dicho al hecho… Empecé algo más rápido de la cuenta porque aunque suene extraño, me cuesta controlar el ritmo corriendo tras la bici. Intenté frenarme un poco pero al final me dejé ir, ya que me notaba que corría muy cómodo y sin notar esfuerzo y no quise desaprovechar la oportunidad. Aquí, por primera vez en toda la carrera, vi entre el público a Arancha y a Iker. Me encantó verles y le dije a Arancha que de momento todo estaba bien. Pasé el primer kilómetro en 4’07” y el segundo en 4’12” y a partir del tercero me relajé y empecé a moverme por ritmos algo más lentos entre 4’18” y 4’30”. Las sensaciones eran buenas aunque durante la primera vuelta el calor, aunque de forma efímera, hizo acto de presencia. Esa primera vuelta de 10,5 kilómetros, como era de esperar, fue la más rápida y la terminé en unos 46 minutos. Tenía claro que no iba a poder mantener ese ritmo pero aún me sentía bien. Fue durante la segunda vuelta cuando todo me empezó a costar un poco más. Empecé a tener altibajos en los ritmos y por momentos me sentía muy cansado y débil para seguir corriendo. No recuerdo a partir de que kilómetro decidí apostar por parar en cada avituallamiento para beber bien y refrescarme. Tenía que adaptarme de alguna manera a ese cansancio que iba en aumento y esa fue la estrategia a seguir. Eso sí, fuera de los avituallamiento me prohibí terminantemente para a caminar. A lo largo de esa segunda vuelta el tiempo cambió, se nubló y empezó a caer a ratos una lluvia fina que, no sé a los demás, pero a mí me vino muy bien. Dejó de hacer calor y entre la lluvia y las pequeñas ráfagas de viento, por momentos se estaba muy fresco y se agradecía

A pesar de los altibajos de ritmos que sufrí en esa segunda vuelta terminé la mitad del recorrido cuando pasaban unos segundos de la 1h35’. Buen momento para evaluar como estaba y empezar a enviar a mi cerebro señales positivas: ya tenía la mitad del maratón hecho! Tenía la carrera donde quería, donde había visualizado desde un principio, y eso me dio ánimos. Empecé a ver el final algo más cerca aunque aún estaba lejos. Curiosamente en la tercera vuelta mi ritmo se estabilizó y aunque fue algo más lenta que la segunda, fue bastante más regular y con menos picos. En el giro de la tercera vuelta, a falta de 15 kilómetros para terminar, empecé a ver la luz. Hasta ese momento, además de parar a caminar, también me había prohibido pensar ni un segundo en los kilómetros que me quedaban, pero ahí la cosa cambió y empecé a restar y a ver las cosas mucho más claras: en algo más de hora y cuarto quería estar cruzando la línea de meta.

En otras condiciones y en otras circunstancias 15 kilómetros no son tantos, pero en este caso la cosa no iba a ser ni fácil, ni rápida. De ahí hasta el final volví a enfrentarme a varios altibajos que sobrellevé como pude. Cuando más flojo me sentía cogía bananas en los avituallamientos que fui combinando con geles. No recuerdo cuanto llegué a comer y beber durante el maratón, diría que tres o cuatro geles y otros tres o cuatro trozos de banana, y mucho líquido. La última vuelta, aunque se me hizo larga y estaba cansado y con unas ganas increíbles de terminar, también he de decir que la disfruté. Al coger la tercera y última goma al final de la tercera vuelta, tuve claro que aquello ya estaba hecho y que nada podría impedirme cruzar la línea de meta. Aún así, mantuve mi prudencia y seguí corriendo con calma. En algún momento tuve la tentación de apretar y hasta lo hice, pasando los kilómetros 34 y 35 alrededor de 4’50”/km, pero a aquellas alturas todo costaba un mundo.

Y así, como el que no quiere la cosa, me planté en el último kilómetro, sin duda uno de los mejores momentos de toda la carrera. El arco de meta estaba cercano y se acercaba el final. No fui muy calculador con el tiempo pero sabía que estaría entorno a las diez horas y media, un tiempo muy bueno teniendo en cuenta que aquello era Niza y que es uno de los triatlones más duros del circuito Ironman. Pero eso ahora daba igual, al haberme inscrito a esta carrera había pasado unos meses muy intensos de entrenamiento, había vivido con ilusión y con mucho respeto todo este tiempo con el objetivo de poder vivir algo así, y por fin había llegado mi turno. Me dio igual que durante esos últimos metros los isquios de mis dos piernas se pusieran de acuerdo para agarrotarse, seguí corriendo como pude y poco después de llegar a la alfombra que me llevaba a meta, vi a Arancha y a Iker y me paré a darles un beso más que merecido. A continuación ya sí, sólo me faltaba encarar los últimos metros y, sobre todo, disfrutarlos como se merecían. Es en esos momentos donde todo lo que has hecho para llegar allí cobra sentido y sientes que ha valido la pena. Al cruzar la línea de meta escuché aquello tan famoso y típico de… Rubén Otero, You are an Ironman! Finalmente fueron 10h34’41” (resultados), terminando el maratón en un tiempo de 3h19’45”, algo que no esperaba casi ni en el mejor de mis sueños y que me anima a seguir trabajando para mejorar en esta distancia tan especial. Al terminar, recogí mi medalla y enseguida fui a buscar a Arancha y a Iker. En aquel momento, no sé si estaba más cansado o feliz, pero os puedo asegurar que de las dos cosas iba sobrado y que en los días posteriores no se me fueron ni la sonrisa ni el dolor de piernas.








Lo que tuve claro nada más terminar y sigo teniéndolo dos semanas después es que en Niza hice una de las mejores carreras que he hecho nunca en todos los sentidos. Quizás me faltó algo en bici pero pocas pegas más me puedo poner. Además de eso, Niza me pareció una ciudad espectacular y después de los días que pasamos allí, creo que mi elección del Ironman France no pudo ser más acertada.

Hoy me estoy extendiendo mucho y no es plan de que os canséis, si no lo habéis hecho ya, de leer algo tan largo. Antes de terminar con los resultados del Garmin, quiero agradecer a todo el mundo las muestras de apoyo que recibí durante los días previos a la competición y los ánimos que me disteis desde la distancia los que seguisteis la carrera por internet. Fue bonito terminar y ver que había tanta gente preocupada por mí. En especial, quiero agradecer al USK Team (aunque me llamarais dominguero y pensarais que en las transiciones del Ironman tardaba tanto porque estaría pelando dátiles debajo de una palmera) por haber seguido la carrera durante todo el día e interesaros a través de Arancha como estaba yendo la cosa. La verdad es que sentí los ánimos y por supuesto este resultado también es culpa vuestra por muchas cosas, de verdad. Como no, capítulo especial para Arancha e Iker, que estuvieron ahí en casi todo momento (aunque no se levantaran a las cuatro y media como yo a apoyarme durante la natación) y que compartieron conmigo un día inolvidable, sin olvidarnos de todo el “trabajo sucio” y la paciencia que conlleva convivir con el triatlón de larga distancia durante los meses de preparación. El día de la carrera sólo se ve lo “bonito” pero detrás de todo eso hay muchas cosas y personas implicadas. Lo bueno es que a Iker parece le gusta este ambiente y se lo pasa en grande aplaudiendo a todo el mundo. Para él todas las personas que ve que corren o van en bici son “papá”.

Pues nada, creo que ya está todo dicho. Espero que os haya gustado la crónica y no se os haya hecho demasiado pesada. No era mi intención alargarme pero tampoco quería que esto fuera una crónica más. La ocasión merecía algo especial. Os dejo aquí los detalles de la carrera del Garmin.

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